Llovía, pero hacía mucho más calor del que le hubiera gustado. Sabía que, como el cielo, lloraría lágrimas a chorros, y los estornudos, nunca ausentes en quien llora a lo marrano, parecerían truenos en el eco desnudo del salón. Había jurado que la dejaría ir, y con rituales íntimos pero muy metódicos, venía preparándose hace tiempo para ese día.
Inspirado en series y películas de su juventud, porque para la televisión y el cine actual decía que no tenía tiempo, ni paciencia, ni estómago, se expuso (como antes vio que lo habían hecho los grandes héroes y personajes populares de la industria cultural de los años 70 y 80) a los más ortodoxos desafíos y pruebas, como ejercicios para agudizar el porcentaje en sangre de fortaleza y virilidad, cualidades por las que siempre se había destacado, pero desde hace algunos años, venía perdiendo a baldazos.
En su juventud, su andar seguro, amenazante y pausado, alteraba a otros hombres, como levantan los perros las orejas cuando presienten un peligro inminente; en las chicas, el efecto era diferente: el ritmo que marcaba el paso de sus botas, les hacía temblar algún escondido rincón entre las piernas y el vientre, pero de eso no vamos a hablar ahora. Era rudo, o parecía serlo; en el último de los secretos de sus vergüenzas, guardaba esas tardes de poco pelo y mucha hormona, en que frente a la soledad del espejo de su cuarto, replicaba las mil y una cara de chico duro de los personajes de Clint Eastwood, y lo hizo tantas veces, copiando el gesto de sus mil y una películas, hasta que se dio cuenta que en todas, usaba el mismo rostro de “cabrón, conmigo no te metas, que estarás en problemas”. El día que se aprendió la antipática mueca de memoria, se sintió listo para salir al mundo y el mundo le creyó su cara de muchas chicas y pocos amigos.
El primer indicio de su decadencia había sucedió un par de décadas atrás, cuando se le aflojaron las piernas, el pelo (que se desprendió como la piel de una mandarina, entera y de una sola vez) y las palabras, el día que nació su primer hijo. Además de pelado, había quedado opa, decía su suegra. Impresionó a toda la familia, cuando ese fin de semana, se perdió el clásico de su equipo de fútbol favorito y hasta se olvidó de comer por mirar concentradamente y desde lejos al muñeco de carne que decía ser su hijo. Después de cinco días de convivencia con el recién estrenado lampiño, su mujer llamó a la nursery del hospital para verificar si el pelado ese que le habían endosado cuando se retiró a su casa, era efectivamente su marido. La vecina le había contado que en una clínica del norte, a su hija le habían entregado el chico equivocado, y pensó que eso podía pasar también con los esposos. Después de este engorroso suceso, todo vino cuesta abajo.
Para el primer ejercicio de fortalecimiento del carácter, se inspiró en su ídolo de la infancia, Superman, y se expuso, como el superhéroe, a la radioactividad insoportable de la criptonita, pero en su caso, no era el mineral verde el que le derretía el cuerpo y sus ideas, sino una foto de ella, diez y un poco más de años atrás, cuando podían andar de la mano, cuando no había distancias y sólo proyectos y sueños, cuando los sábados y domingos y todas las noches, sólo eran él y ella, ella y él. Mirando mucho más allá de lo que miraba la foto, resistía.
También experimento algunas estrategias poco convencionales, a las cuales les tenía una fe ciega. Con la tenacidad y disciplina que había visto en los discípulos de los films de Kung Fú, de noche, cuando toda la casa menos él dormía, se levantaba en la penumbra y llegaba hasta la cocina para picar montañas de cebollas con el objetivo de de gastar todas las lágrimas contenidas en su persona, de presentes y futuras penas, y así evitar el escándalo del llanto público. Interrumpió esta estrategia, y en consecuencia no pudo secarse de lágrimas del todo, cuando su mujer mandó a llamar al Vaticano a un cura especializado en exorcismos, porque había consultado con arquitectos, desinfectólogos, químicos, veterinarios, psicólogos y gastroenterólogos, y ninguno había encontrado el origen del agrio y penetrante olor que provenía de lo más profundo del sótano, a lo que el cura local concluyó que ese aroma desconocido para todas las ciencias, no podía ser otro que el olor del infierno.
También practicó el evitar nombrarla en toda situación frente a cualquier testigo (incluyendo las plantas y los animales, con los cuales a veces se sorprendía dialogando), el pasar por su cuarto al final del pasillo y pensarlo convertido en biblioteca, entre otros comprometidos métodos de autoeducación.
El día jamás esperado había llegado, su día D, y allí estaba él, con el ánimo torpe y el cuerpo vulnerable, como soldado caído, luciendo un flamante smoking gris oscuro y un atormentado corazón pálido y viejo, y a su lado, su hija, de reluciente blanco, más hermosa de lo que jamás la había visto. Y esto, para su padre, era mucho decir. La marcha nupcial comenzó a sonar y la agarró fuerte del brazo con la decisión y delicadeza con que los reyes abrazan a las princesas. Ella sonrió. Las puertas se abrieron. Mirando antes al cielo, el padrino más rudo que jamás iba a transitar el pasillo de una iglesia, dio el primer paso, en ese calmo y desafiante ritmo que hombres y mujeres, aún de espaldas, reconocían.
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