
Era de esos que prácticamente habían nacido de un huevo. -“Chico de la calle”, le decían los niños que por azar había tenido de compañeros las contadas veces que el juez o algún mayor ajeno lo enviaba a la escuela. Su padre, un joven inmigrante que había escapado de
El italiano era anarquista, y no podía ser otra cosa, porque después de varios meses de encierro y tortura, jamás pudo volver a confiar en nadie ni en nada, menos aún en el Estado, un gigantesco monstruo anónimo y deshumanizado, sin rostro ni memoria, para el cual todo se hacía y por el cual todo se justificaba. Ella, no era nada; -“de River” decía inocentemente cuando se lo preguntaban. Se había enamorado de este tano loco que había conocido en el centro una tarde distraída, donde desde un banquito reclutaba jóvenes para su causa imposible. Mujer de pocas luces y mucha soledad, sin resistencias, se dejó hechizar por este superhéroe de libro (porque para ella las guerras habían transcurrido lejos y hace mucho, como un cuento del pasado) que recitaba “El Manifiesto” y la obra de un tal Bakunin, como los yanquis pálidos esos que tocaban el timbre de su casa en su niñez recitaban
Ella lo buscó de día y de noche, bajo los puentes, en los centros de caridad que frecuentaban, en las estaciones de tren y en las iglesias, donde de vez en cuando alguna joven monjita, todavía sensible a la miseria ajena, hacía la vista gorda en su ronda nocturna y los dejaba dormir entre los bancos del templo. Vencida, lloró lo que pensó fue su muerte sin descanso, y aún la noticia de su maternidad, no la hizo cambiar de parecer: su misión en este mundo había concluido. Cumplió con el deber femenino de parir, y murió. Estos fueron sus padres, o al menos, esta es la historia que le contaron a Tito.
Por herencia biología, la solidaridad picaflor de distintos comedidos y mucho de buena suerte, a la corta edad de 15 años ya había alcanzado la percha, el porte y la presencia de un adulto galante y buen mozo. Si en su infancia alguien se hubiera detenido a pensar en él, nunca hubiera pronosticado tan saludable y pintón futuro. Su caminar seguro e intrigante de hombre “hecho de la nada y derecho del todo”, despertaba suspiros de jovencitas (y no tan jovencitas) en cada esquina. Había sido agraciado, según la creencia popular por la influencia invisible que a través de su sangre ejercía la familia de su padre (conocida en Milán por trabajar en el rubro de la indumentaria), con un sentido exquisito para el buen vestir, don que le brotaba de los poros y que transformaba cualquier trapo despreciable que vistiera, en una prenda de colección. Con certeza científica, la leyenda contó después que no hubo mujer que no cayera a los pies de sus encantos involuntarios, como también transmitió que nuestro personaje nunca pudo enamorarse, a pesar de la desinteresada generosidad de tantas niñas, madres y abuelas que trataron en vano pero con mucho entusiasmo, como en un divertido juego de feria dominical, de robarle la sortija de su amor.
La calle le había enseñado muchas cosas pero ni en la calle, ni menos aún en sus esporádicas experiencias escolares, había aprendido a amar. De niño, una vez, en un brote de rebeldía, le gritó a la maestra de turno que no le importaba aprender los secretos de la matemática, ni los misterios de la ciencia, ni las mentiras de la historia… -“Quiero que alguien me enseñe a hacer el amor, porque no lo tengo ni nadie me lo quiere regalar”, dijo con la ansiedad de quien hace mucho espera y desespera. La docente, indignada, lo sacó del aula con el impulso previo de un tempestuoso tirón de orejas.
A la espera del amor, aprendió a tocar la guitarra, para darle la bienvenida a los amores que nacen o rejuvenecen, y el violín, para replicar el sonido de la melancolía del amor que vino y se fue, pero estas habilidades murieron sin ser lucidas, porque ni el afecto ni la simpatía por alguien tocaron su puerta. Habíase instruido también en el vocabulario de las flores, en sus significados según forma y color, detalles que no le sirvieron ni para la muerte, porque en su vida tuvo a quien enterrar. Probó con las gordas y con las flacas, con las morenas, las coloradas y las albinas, las lacias, las ruludas y las peladas, las jóvenes y las ancianas, pero ninguna de todas ellas lo hizo llorar de emoción, ni desfallecer en un suspiro, ni repetir las etéreas palabras que como mariposas mágicas salían de las bocas de los actores de las películas de amor, con las que se contentó con obsesionarse, luego de que la epopéyica pesquisa vivencial no arrojara ningún resultado en años. A pesar de la necesidad, no había robado nada en sus treinta primaveras, hasta ese día, en que viendo el film “Love Story” desde la última fila del cine, escuchó que el personaje principal sentenciaba: -“El amor es no tener que pedir nunca perdón” y copió como suya, esa frase en un cuaderno, como una de las primeras aproximaciones certeras que obtenía del fenómeno que lo embaucaba. No había podido amar ni dejarse amar; capaz que por experiencia ajena llegaba a dilucidar milenario misterio. Se lo vio presente en todo film rosa de la época, perenne, solitario, con lápiz y papel en mano, tratando de separar del mundo todas las palabras que alguna vez se habían usado para definir o hablar sobre el amor. Los más atentos, lo vieron siguiendo rutinariamente a parejas de enamorados, replicando en directo en su hoja toda frase u onomatopeya que emergía de sus lenguas y corazones. Aquellas que seguían interesadas en conquistar su corazón, tuvieron que mudarse de la plaza a la biblioteca, porque en sus ratos libres, Tito se imbuía en la sabiduría del universo literario para anotar, repetir y aprender de memoria todas las nuevas acepciones y detalles del amor que iba incorporando de la lectura de alegrías y pesares anónimos, que a él la vida le había negado. Por las noches, hasta llegó a perseguir los pasos de prostitutas amigas, pero los ruidos que provenían de sus recámaras parecían de otro idioma o referidos a otro objeto en cuestión; el mismo sentimiento no podía generar reacciones tan dispares como esos chillidos galopantes de furia de tigre y los delicados sonetos de amor de Shakespeare, gracias a los cuales había logrado llorar de emoción por primera vez.
Los personajes eternos mueren jóvenes, lo que no fue distinto para Tito. Dicen las malas lenguas, que lo encontraron muerto de sobredosis en una galería de compras, pituco y perfumado, como andaba siempre. Yo prefiero creer en la leyenda, que afirma que sigue caminando por la ciudad esperando absorver las palabras de los enamorados, con la dedicación que un cazador furtivo le pone al encierro de la última presa. Es por eso que a veces, cuando creo sentir sus pasos en nuestra sombra los días que el humor nos permite andar de la mano, te pido que hables más fuerte, para regalarle por justicia las palabras y los besos dulces que la vida no le dio, y que en remedio, ahora colecciona.
María Florencia Aliaga
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