28 de junio de 2011

FAUSTO Y EMERLINA


En el registro milenario de la práctica tempestuosa y burbujeante del amor, está la historia de Fausto y Emerlina. Después todas las demás: las mías, las tuyas, las nuestras, las de ellos y las de ellas, anécdotas de gente común, con amores y desamores comunes sin dejar de ser honestos, con algún que otro sobresalto anímico con más teatralidad que donación espontánea, cuando a alguno de los amantes se le ocurre montar una proeza épica para después tener algo con que inspirar a los hijos o motivar el chamuscado humor amoroso, luego de mucho tiempo de exclusividad.

Emerlina nunca pudo aprender a leer, pero identificó perfectamente las grafías que en el viento se escribían a gritos cada vez que Fausto pasaba a verla por el frente de su hogar. Ella lo esperaba en su balcón, a donde se escurría todos los días a la hora adecuada con la excusa de regar sus plantas, y lo esperaba con el temple distraído y el corazón congelado. Fausto tuvo que pasar 364 veces por el paredón de la residencia del gobernador, hasta que en el día 365, en un descuido del personal de la casona, Emerlina se escapó para sorprenderlo en la esquina, con el bolso listo y el espíritu dispuesto a la aventura.

Esa tarde y su consecutiva noche, desgustando placeres hasta entonces desconocidos, se amaron con tanta concentración y volumen, que nadie en el pueblo pudo cerrar un ojo a la hora del sueño; solo Emerlina, después de la ardua faena, dormía en paz en los brazos de su amado. Por la mañana, la guardia de su padre la esperaba en el umbral del hotelucho que habían rentado con las monedas que cada uno tenía en sus bolsillos, y con la mirada gacha y sin decir palabra, los acompañó de vuelta camino a su fachendoso domicilio, que cada día se le hacía menos suyo, más grande y mas frío.

Como si el encierro que toda su corta vida había experimentado no hubiera sido suficiente, para cortar la suerte de este instinto animal que había brotado en la muchacha desde que el hijo del usurero más frecuentado del lugar había comenzado a mostrarse en su ventana, decidieron recluirla con más eficacia y la trasladaron a uno de los cuartos internos. No llegó a pasar una semana, y el gobernador en persona se presentó en la puerta de su flamante habitación para liberarla, porque desde su clausura no habían cesado los cismos y terremotos en la región. Desde el vientre endemoniada, mijjita”, le dijo a Emerlina, mientras la joven, como los peces que a la orilla del mar necesitan volver a la vitalidad del agua, gateaba a su balcón.

Se amaron un tiempo más, sobre todo gracias a la complicidad de algunos parientes, que a pesar de la conflictividad que tenían ambas familias, hacían ojos ciegos y oídos sordos al apellido de la pareja del familiar amado, y eso valía para los de uno y otro lado. Todo anduvo más o menos en el cauce de la racionalidad, hasta que las faldas de Emerlina comenzaron a crecer de manera progresiva y continuada. Cuando los signos de embarazo fueron evidentes, casi logra su plan, con la ayuda del sacerdote local, de escapar a tierras libres y desconocidas, si no hubiera sido porque su padre lo supo primero. Había soportado la humillación de una hija oligofrénica y con eso había acabado por definitivo su cuota de vergüenza. Que el destino haya llegado a la encrucijada de hacer que su hija idiota lo haga abuelo del hijo lelo de su enemigo le dio risa.

La encontró en su cuarto, durmiendo con la liviandad con que duermen los ángeles, los bebés y los locos, y con una almohada, simulando lo más cercano al abrazo que nunca le dio, la dejó morir asfixiada. Después sigue la historia que todos conocemos: Fausto la ve muerta y se suicida a su lado,

A Emerlina, después, la llamaron Julieta y su pena, aunque borrosa, la sabemos de memoria. Como siempre pasa con los poderosos, hasta la historia se corrompe frente a ellos y perdona sus pecados y limpia sus nombres. Esta es la verdadera historia de Romeo y Julieta. Los detalles decorativos que pululan sobre ellos, son nada más que puro cuento.

María Florencia Aliaga

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