Había probado con el decoro, con algunas reglas que recordaba de su madre sobre protocolo y otros códigos de civilidad. También practicó la mueca de ama de casa distraída hasta que esa actitud despreocupada se le talló en el rostro para, con entereza y buena disposición, esperar que ella sola se diera cuenta. Cuando la cara de papa comenzaba afectar sus agraciados rasgos sin arrojar resultado, se hizo experta en el arte traicionero de las indirectas, aunque el perfeccionamiento en esa virtud también fue en vano: mientras más directa se hacía la indirecta, Berta más se empeñaba en aparecer y permanecer. Cuando las señales de sociabilidad básicas no fueron asimiladas por su interlocutora, Juana recurrió a lo divino y le pidió a Dios que matara a su contrincante, aunque después, con culpa, rezó para que la medida no fuera tan drástica. Sólo bastaba con que se la sacara de la casa.Se fue y sorprendentemente no volvió. Al poco tiempo, la casa fue recuperando sus ritmos, códigos y hábitos jóvenes que entre los dos iban tejiendo en el correr de los días, porque las noches eran para Juana un espejo del infierno. Cuando llegaba el anochecer, la esperaban estrafalarias pesadillas: frecuentemente escapaba de entre mares de cuerpos sin forma mordiéndose entre sí, otras noches asistía a una matanza festín de niñas púber en cuyas miradas se reconocía o era presa de la rabia y el hambre de bestias sin nombre. La función terminaba siempre, indefectiblemente, con la visión de frágiles princesas que amamantaban monstruos y grotescas brujas que borraban sus defectos tras la bebida de sangre tibia de doncellas frescas, que la miraban fijo y sin descanso, hasta que lograba despertar para contradictoriamente comenzar a descansar. Consultó con médicos, sacerdotes, curanderos y gurúes pero ninguno pudo rescatarla de ese mundo trágico en el que habitaba en exclusividad cuando todo era oscuridad, mientras su esposo la acompañaba a su lado, en un abrazo de otra dimensión, para recordarle que quedaban razones para amanecer.
El primer día en que sus sueños fueron blancos y vacíos, despertó eufórica en la madrugada y supo que Berta había muerto. Nunca se le contó a Juana lo que en el lecho de la que era su cuñada se vio: una anciana con color y forma de espárrago, seca y verrugosa, que de una mano se aferraba a una foto ajada de su marido y con la otra, estrujaba una muñeca vudú con un claro parecido a la esposa de su querido hermano. Que pasó los últimos años de su vida escribiendo insana y mecánicamente maldiciones y conjuros con todas las posibilidades creativas que le dieron su odio, su celo, su locura y su imaginación, eso nadie lo supo, porque los vecinos que la encontraron, ni lerdos ni perezosos, hicieron de tan vasta y huérfana obra editorial, un rotundo fenómeno best seller, cuya autoría la adjudicaron a un fallecido pariente lejano, en cuya vida aparentemente yerma, podría haber sido el creador de semejante limbo demoníaco.
Por eso, cuando Pablo invitó a Juana al cine para celebrar sus 40 años de matrimonio, y ella asistió en ubicación preferencial al montaje cinematográfico de una de sus pesadillas, decidió cerrar los ojos para no abrirlos más, porque no pensaba de nuevo darle el gusto a su cuñada maldita, que volvía del más allá, recargada y en formato digital high definition, para seguir arruinando su convencional existencia.
María Florencia Aliaga
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