19 de julio de 2011

La caja de cosas perdidas

Los desapercibidos días de María Elena Castro Borja habían transcurrido encadenada y ordenadamente como lo había previsto el destino, con el previsible swing de la caída de las piezas un dominó, hasta aquella tarde, la cual todos saboreamos insulsa, sin poder percibir el olor que dejan los chispazos que hace la maquinaria de la historia los días que cambia radicalmente su rumbo.

Antes de terminarse la jornada, su padre la llamó a la soledad del cuarto en donde las sensaciones de su cuerpo le transmitieron que sorpresivamente lo vendría a buscar la muerte, y le confesó que en su rápida agonía un ángel le había revelado la verdad sobre el misterio de todos los tiempos: que el cielo era para cada uno, una caja de cosas perdidas que contenía todo aquello que en vida uno había regalado, compartido o dejado libre, y que todo lo que en la tierra nos habíamos ocupado en poseer y retener, lo tendríamos vedado en el reino de las nubes. Dicho esto, el anciano murió y su única hija comenzó ese mismo día una vertiginosa e inaudita carrera de desprendimiento de la fortuna más frondosa que se vio por el pueblo.

De lo primero que se deshizo fue del arcón de joyas que su familia venía atesorando por generaciones y del servicio de mucamas con que contaban en la residencia Castro Borja: llamó a cada una de sus doce empleadas, les ordenó que cada una llevará todas las joyas que doblando la tela frontal de sus polleras pudieran cargar y sin rasgos de sentimentalismo, les dijo que estaban despedidas. Iba a ser todo un sacrificio pero en su imagen de cielo no podía faltar el servicio doméstico ni las tradicionales alhajas familiares con las cuales ritualmente se vestía antes del desayuno. A los hermanitos huérfanos que regularmente tocaban con miedo y sin respuesta su puerta, los sorprendió con un lingote de oro y una parva de billetes de libras esterlinas, que de no ser por un buen hombre que identificó en la calle el dinero en sus manos, los niños habrían continuado confundiéndolos con variantes de los vales de pago del Estanciero, el popular juego de mesa de la época. Aunque era verano, sus tapados de piel de nutria y de leopardo, fueron bien recibidos en la parroquia local, al igual que sus zapatos de taco de un mínimo de diez centímetros talle 35; aunque desconocía la contextura del suelo del cielo, quería asegurar su calzado más pituco para transitar la eternidad. A los pedigüeños que se fueron tumultuando en la puerta de su residencia, les entregó los cuadros que lucían las paredes de la mansión, asegurándose de donar primero los de reconocidos artistas internacionales, por las dudas de que según las reglas del reino de Dios, lo primero que se suelte sea lo primero que retorne. Cuando se le acabaron los cuadros, siguió con los libros, con su ropero y el resto de los muebles, que eran tan pesados que sólo podían llevarlos las familias multitudinarias que enteras se congregaban para poder entre todos cargarlos y movilizarlos. Cuentan las revistas de chimentos de la época, que las jóvenes aspirantes a actrices y vedettes recibían un trato preferencial de la generosa señora: las hacía formar fila en la puerta trasera y ella misma, de acuerdo a la fisonomía de las afortunadas, se ocupaba de combinar un atuendo perfecto para cada una, de acuerdo a como armonizaba una prenda y otra. Así, invertía siestas enteras en mezclar pantalones de gamuza inglesa con remeras de gasa francesa y sombreros de plumas de pájaros del África y otros accesorios, porque si esos eran los conjuntos con que habría de disponer una vez muerta, merecían un responsable tiempo de estudio.

Se preparó para morir diez años después, cuando se vio satisfecha por el cumplimiento de su tarea, por un lado el de desprenderse de todo aquello que quería en la muerte conservar y de retener todo aquello que no quería volver a ver ni en figuritas. Entre sus posesiones, sólo pudo enumerar: 7 perros (para asegurarse de no tener que soportar un detestable can nunca más, habíase preocupado de tener un cachorro para cada día de la semana, a los cuales previsiblemente había llamado Lunes, Martes, Miércoles, Jueves, Viernes, Rodolfo y Domingo. No pretendía quedarse en la eternidad sin el día más agraciado de la semana y alguna vez había odiado a un Rodolfo, al cual prefería no volver a ver en el ultramundo; de ahí la variación del nombre del sexto animal), una cama de dos plazas y media (herrumbrada y desvencijada más por el continuo y sostenido arte del reposo de sus amos que por los efectos de la enérgica danza del amor, que muchas veces había pensado en regalar pero de la cual no pudo prescindir a pesar de que imaginó una recompensa celestial de pletóricos cojines y esponjosos sommiers: todavía tenía una espalda en el cuerpo de este mundo que necesitaba reposo), el manual de oraciones de su padre (que conservaba más por el cariño que le tenía al difunto que por el deseo de desterrar el ejemplar de su patrimonio paradisíaco) y un bolsón de modesto tamaño que albergaba una planta de apio, un mondongo, algunos tickets y cospeles del transporte público, un libro de Pablo Cohelo, una frondosa colección de suplementos de autoayuda, el vestido de novias que había usado en su segunda y tercera boda, un par de anteojos para leer y el inventario de los dolores y enfermedades que había sufrido en su trayectoria por este mundo y que no quería jamás volver a experimentar.

La tarde que sintió por fin la cercanía de la muerte, con un renovado entusiasmo que le dio la ilusión de volver a tener todo lo que había perdido en la dadiva forzada de estos años, cerró los ojos y murió. En lo que primero fueron penumbras y luego luz, divisó un ángel, probablemente el mismo que vio su padre, a quien le preguntó por su caja de cosas perdidas. Él querubín, con cierta conmoción, sacó de algún compartimiento de su vestido flotante un pequeñísimo cofre de plata que entregó en silencio en las manos de María Elena. El misterioso receptáculo contenía una carta de su padre en la cual confesaba que la leyenda de la caja de cosas perdidas fue puro cuento; un invento suyo para evitar que su única hija sin descendencia, caprichosa y egoísta, despilfarrara ella sola y en sandeces, lo que tanto esfuerzo a muchos les había costado cosechar.

No sabemos a ciencia cierta si el cielo es o no una caja de cosas perdidas. Pero si debemos saber que la tierra es para todos, aún para María Elena, una caja de sorpresas.

María Florencia Aliaga

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