27 de julio de 2011

La otra vida de Severino Frontera

Severino Frontera, alias “el infeliz”. Así lo conocían los pocos que lo conocían. En sus menudos pero aburridos 30 años, le habían sobrado penas y faltado aventuras. Había nacido adulto; como por una enfermedad, la infancia se le había perdido en algún lugar entre el vientre de su madre y sus primeras palabras. No se acordaba si había sido por disposición de sus padres, que con esfuerzo instruían disciplinadamente a Severino en el universo infinito del saber, o por propia voluntad, pero podía jurar que nunca había jugado.

Ni el más exacto y premonitorio horóscopo pudo percibir el cambio de suerte que sus astros experimentarían ese día. Ese martes, que olía a la imperceptibilidad y timidez de cualquier martes, se despertó como todas las mañanas en la soledad de su frío hogar; apenas abrió los ojos, todavía esperaba ver entrar a su madre en la puerta del dormitorio, quien hasta el día antes de morir, le acercaba a la cama su infaltable desayuno. Su madre había muerto unos meses antes, pero le llevaba unos instantes recordarlo apenas amanecido. Ese día abrió los ojos, y en una bandeja a sus pies, el café esperaba humeante y las tostadas desprendían el aroma inconfundible de recién hechas. En un comienzo, pensó estar soñando, pero esa posibilidad la descartó a la hora, cuando después de haber ingerido la sobria oferta alimenticia, procedió a bañarse para no dejar dudas de su despabilo. Su madre definitivamente no era la autora del frugal banquete; ni muerta ella se olvidaría de incluir las dos cucharadas y media de azúcar a la infusión negra que le devolvía el aliento a la mañana. También pensó que el fantasma de su padre le estaba jugando alguna broma, pero la idea le pareció absurda, porque su progenitor llevaba quince años de muerto y nunca lo había venido a visitar, ni en las amargas navidades ni en los domingos fríos, cuando Severino se sentaba de rodillas frente a su foto rogándole por alguna señal de presencia.

En la cocina, los platos que habían quedado sucios de la noche anterior, lucían tan relucientes, que en su superficie podía ver el reflejo de su cara de sorprendido. Se sentó en la silla que cientos de miles horas lo predispuso al estudio, y se puso a continuar la lectura donde anoche la había interrumpido, cuando se dio cuenta que, aunque no lo recordaba, en algún momento de la noche ya había leído lo que le tocaba para hoy. Su estupor se vio interrumpido con el timbre, el cual le costó reconocer porque su ruido era para el un misterio. Nunca lo había escuchado sonar. Estupefacto, abrió la puerta y lo esperaba una Ivana sonriente con los labios predispuestos a tocarse con los suyos. Ivana, la vecina, que por años había visto a escondidas desde la ventana, con la que compartió la escuela primaria y secundaria, aunque ella de eso, él aseguraba, nunca se dio cuenta.

Con puntería perfecta, a pesar del temblequeo en la boca de Severino, Ivana fundió su boca de frambuesa en la suya.

- No aguanto hasta esta noche Severino”. (- “Sabe mi nombre”, pensó).

- No aguanto más los días sin verte. Hoy podés dejar de trabajar antes, Seve?”, le decía al oído mientras enroscaba sus brazos en su cuello y apoyaba su panza de remera pupera sobre su desaville a cuadros de solterón empedernido.

Eso sí que era un sueño, o lo que soñaba despierto cada vez que la veía zigzaguear sus caderas hacia rumbos que él no conocía. En silencio, como quien recibe un regalo que no le pertenece pero que hace tiempo venía esperando, le devolvió el gesto 1 y el gesto 2, e improvisó envalentonado un gesto 3, que fue recibido por la joven con alegría y generosa, generosísima apertura.

Más tarde, se unieron a la reunión, los “chicos”, 4 muchachos que sumaban en conjunto una tonelada, que saludaron con palmadas de chirlo a Severino en la espalda y que abrieron y vaciaron la heladera como sólo los amigos de siempre pueden hacerlo. Lo que duró la visita, que transcurrió mientras duraron la cerveza, el queso y el salame, Severino se esforzó, pero concluyó agotado, que jamás había visto a ninguno de ellos, ni en esta vida, ni en otra.

“Estás callado hoy, mi bombón”, le decía una Ivana que parecía enamorada. Las obligaciones de la mujer, que bailaba en una taberna, la hicieron retirarse de su casa, decisión que agradeció para encontrar un tiempo en el que resolver los misterios de la humanidad, que presumía se había enquistado todos en su existir. Pero no encontró explicación alguna, ni a los sucedidos de ese día, ni a los sucedidos de mucho tiempo después.

No todos los días resultaron tan fácil de sortear como este primero; hubo, como en la vida misma, ciertos incidentes complicados que a pesar de que irrumpieron su acostumbrada parsimonia, no opacaron el dulce sabor de esos tiempos, como el día que despertó en el zoológico, en la jaula de los osos, la tarde en que recibió un lote de 10 mil pelotas de hule inflables por correo o la noche en que haciendo zapping se sorprendió viendo sus vergüenzas en una película XXX de origen tailandés.

Sin muchas preguntas, cosa de no espantar la buena suerte, por mucho tiempo más gozó de los beneficios y maleficios de esa vida prestada, que día a día lo sorprendía con nuevos rostros y aventuras, hasta que un día, en una de sus religiosas consultas médicas, uno de los pocos hábitos que a rajatabla mantenía de las yermas épocas de antaño, le revelaron involuntariamente y sin mucho suspenso, el origen de sus gracias. “Ud. sufre de sonambulismo crónico”, dijo el doctor compungido, dispuesto a sentarse a relatarle las largas complicaciones físicas y mentales de los afectados de este mal. Severino Frontera, con las maneras prudentes que siempre lo caracterizaron, se levantó de su silla y disculpó por no poder quedarse a escucharlo, argumentando que se le hacía tarde porque la CIA lo había citado para que colaborara con ellos en la averiguación del paradero de uno de los terroristas afganos mas buscados del momento. Y cuando vio que a estaba fuera de la visual del neurólogo, salió corriendo del nosocomio a toda velocidad, no vaya a ser que lo curarán. Además, había leído, no era bueno hacer esperar nunca a un agente de la Agencia Central de Inteligencia de los Estados Unidos.

María Florencia Aliaga

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