
Cuando María reflexionaba sobre los delicados misterios del amor, afirmaba que jamás había ni soñado con la altura de las sorpresas que le esperaban. Había amado con anterioridad, o eso había creído hasta que lo vio, en una feria de domingo, cuando tropezó con él. Quien sabe que ángel lo había mandado a sentarse en ese banquito, reposando sus largas piernas que llegaban hasta la vereda del frente, para que ella se estrellará con sus miembros despatarrados y se miraran a los ojos. Y el mundo se puso en pausa, y lo único que por unos minutos pudo escucharse, fue el taca – taca frenético del galope de sus corazones, ante el cual la multitud se dispersó, por confundir el sonido con el de una estampida de los animales del circo. Raimundo, sin hacer ni una mueca, la miró, la estudió, la olió, la respiró y la vio tan chiquita, exquisita y adorable que más que hacerle el amor, le dieron ganas de comérsela. Ella, en cambio, creyó sentir miedo, porque su mera presencia, todavía lejana y amenazante, le enredaba las palabras, le sofocaba la respiración y le daba un calor de infierno. Y para ella, esos no eran otros que los síntomas de la misma muerte. De tan masculino, a veces podía dilucidar en él rasgos animales, de los ejemplares más fuertes y vigorosos que conocía. Mirarlo, como quien se acerca demasiado a una de estas bestias, le producía el mismo placer y la misma angustia que mirar para abajo desde un alto edificio o andar en su bici a velocidades espaciales y soltando el manubrio.
Volvió el domingo siguiente para encontrarlo, más grande y solitario de lo que lo imaginaba, parado en una esquina, pero ya no le inspiró miedo si no sólo ternura, porque a pesar de la distancia que los separaba, sus ojos de faro la seguían a donde ella estuviera, mandando señales de banderas bajas, que bailaban por el viento, enloquecidas. María, más cercana a la tierra que sus pensamientos de caballero, que transcurrían cercanos al firmamento, lo agarró de la mano y le puso comienzo al asunto, a pesar de que, a veces, la relación les pesaba como prohibida. Así, en un idioma nuevo, que los dos ya sabían de memoria, se dijeron de todo estrenando desconocidas palabras que describían encandilantes sensaciones y futuros. Y después, todo lo que vino fue algarabía y llanto, fiesta y castigo, sueños y desengaño, paz y frenesí, como la vida misma, por eso será que este amor les gustó tanto.Que su altura moral se correspondía con su estatura real fue algo que ella no tardó en descubrir, tanto así que cuando él murió, muchos años después, paradójicamente su cuerpo le pareció obsenamente chico para tanto corazón. Él, por su lado, pudo vivenciar que su diminutez, como sucedía con el veneno o el buen perfume, era proporcional a su poder letal y a su potencia seductora, atributos que nunca dejaron de afectarlo ni de torcer su voluntad.Lejos de los oscuros pronósticos de traumatólogos y médicos, que auguraban para él un abrupto pliegue óseo en su espalda de tanto déle de agacharse para escuchar los sonidos dulces y frescos que despedía más abajo la boca de su amada, y para ella una tortícolis crónica en el cuello de tanto mirar el cielo, que la incapacitaría de por vida para atarse los cordones, sus distancias corporales, evidentemente notables a ojos ajenos, más que estorbos, fueron verdaderos complementos revolucionarios para el vivir mejor.Él comía de su plato y cuando lo terminaba, seguía con lo que quedaba del de ella, gesto que María agradecía porque la ayudaba a mantener su corta figura en el peso adecuado. Cuando limpiaban su hogar, los sábados, el sostenía los muebles con la punta de los dedos, mientras que ella se escurría de cuerpo completo vestida de gamuza para sacar el polvo y la mugre de cajones, muebles, zócalos y aberturas. A la hora del amor, todo era puro lujo y sofisticación por un lado, con los besos y pasitos de algodón de María, y por el otro, precariedad e instinto, con los gritos de batalla de mil guerras pasadas que Raimundo dejaba salir y que María imitaba extasiada de placer. Agotados, ya en la cama pero para descansar, ella le hacía de almohada mientras que él dormía embelesado sobre su pecho, escuchando el ritmo de la música de su corazón, que había dejado de galopar a lo bruto para acomodarse a la secuencia rítmica de sus canciones favoritas y algunas canciones de cuna. Él solía levantarse más temprano sólo para admirarla dormida.María nunca necesitó aprender a manejar, porque él la cargaba en su espalda, y con sus pasos de gigante, llegaban más temprano que el resto del mundo a donde ella lo solicitara. Para educar a los hijos, sobre todo en la infancia, María era la que seguía en el suelo detalle a detalle la vida y desorden de los niños que transcurría. Ella le dictaba alegrías y retos, y desde esa altura terrible él los sancionaba y felicitaba con el mismo envión y el mismo amor, método que resultó efectivo para criar hijos sanos, rectos y sobre todo felices. Los asuntos espirituales corrían por cuenta de Raimundo, debido a su proximidad física y espiritual con el cielo.Todo fueron soluciones, salvo cuando Raimundo le advirtió desde la altura la presencia de la primera cana en la cabellera chocolate de María, y tiempo después, el crecimiento geoforme que iban adquiriendo desde su visual su vientre y sus glúteos, anuncios que fueron fuertemente censurados por María , que por más pequeña que era, jamás habíase relajado en el arte de la coquetería.No murió María sin antes asegurarse del cumplimiento de su deseo: ser enterrada con Raimundo, cuyo largo cuerpo descansaba en la base de un barco que habían improvisado como ataúd. Pidió que la colocaran en su bolsillo, del lado del corazón, para seguir escuchando esa música de tambores, redoblantes y xilófonos que jamás dejó de sonar en sus pechos, ni aún después de la muerte, desde aquel día en que María había tropezado con Raimundo en ese feria de domingo.
María Florencia Aliaga
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