
Allí se la vio, pareciendo menos importante de lo que siempre pareció y mucho menos importante de lo que creía ser. Josephine Adams, la mujer que una vez había sido el rostro y las curvas preferidas en los sueños masculinos, llegó a la comisaría del pueblo en taxi, acompañada por el cuerpo de un hombre anónimo que había encontrado en su narcicista paseo diario por el lago. Se sentó a declarar con el temple vencido, como payaso despintado, con el mismo ánimo con que asistía día de por medio a la sesión con su psicoanalista: ninguno.
Expuso su inocencia y la habría de defender hasta el final de la jornada, recurriendo a todas las técnicas de seducción que aprendió en sus épocas de gloria. Así, intercalando miradas de niña inocente para tomas en primer plano, impostaciones de labios con efecto puchero, lagrimitas de cocodrilo de monjita humillada y otros recursos que había incorporado de su experiencia en el cine y la televisión, explicó que en su recorrido habitual por la laguna, se había topado con el cadáver que perteneció a un hombre cuya identidad dijo acabar de conocer a través del anuncio de los detectives. Agregó que, en un repentino acto de valentía, lo cargó a su bote y, como ilustre ciudadana que era, decidió acercarlo al destacamento policial de la localidad. Dijo que ya había cumplido y que debía retirarse rápidamente a continuar el exigente ritmo de la agenda de una estrella.
Se había llamado Martin Hops, tenía 65 años y sus días transcurrían en la solitaria compañía de las montañas y un enjambre de perros cuyos aullidos nocturnos aterraban a los pocos niños de la zona; salvo eso, nadie conocía más de su transcurrir por este mundo.
Los oficiales que registraban su declaración, aunque deleitados en sus propios mundos imaginando pasadas fantasías con la vedette de antaño (y no con la adulta mujer inflada a botox y a carbohidratos que tenían al frente), pudieron percibir el golpe seco que recibió el brillo de los ojos de la interrogada cuando uno de los investigadores acercó flameando hacia ella, la foto del tatuaje que mostraba el muerto en su pecho, del lado del corazón: un retrato de Josephine. A pesar de los años de esa piel agrietada por el sol, podía vérsela allí dibujada, sobre el sofá blanco, llorando con esa intensidad que la catapultó a la fama, vestida de blanco, con su cabellos rubios y sus labios carmín, mirando con dulzura de niña con el alma en pena, como le había marcado el fotógrafo que sacó 45 años atrás la foto. “Esto es pura casualidad, -dijo la actriz-. Mis seguidores se reparten por todo el mundo. Que pena que éste encontrara hoy la muerte. Y el tatuaje… excelente reproducción. Es mi boca… y esa mirada triste abierta al llanto….calcada… ”, comentaba mientras estudiaba embelesada y orgullosa la imagen que sentía le pertenecía.
El interrogatorio fue haciendosé cada vez más complejo cuando en la billetera de Hops encontraron, en vez de billetes empapados, dos frondosas colecciones de fotos de la diva, una acomodada cronológicamente y la otra, como un zoótropo, ordenada de la vestimenta más generosa a su total y más humilde desnudez. Los policías pudieron escaparle a las imágenes en blanco y negro de placeres redondos que les nublaban la vista, y concluyeron que víctima o victimario, la artista no estaba diciendo la verdad. Cuando el forense dictaminó que la causa del deceso de Martin era una herida bala pequeña, en el pliego más escondido de la nuca, se decidió demorar a la actriz, a pesar de que sus aullidos e insultos se reforzaban en el eco que producía el calabozo. Lo enredado del caso obligó al superior a llamar a las autoridades policiales de la ciudad más cercana, porque los encargados de hacer cumplir la ley en este pueblo, más que para el rescate de algún animal extraviado o evitar que las fogatas de los esporádicos turistas adolescentes provoquen incendios, estaba preparada para poco, porque en cien años de historia, no había pasado nada (o casi nada, si consideramos los pícaros robos de diarios de la puerta de su casa que sufren algunos habitantes).
Mientras tanto, en la oscuridad de la celda, a los gritos y por primera vez en décadas, Josephine lloró de verdad, acto reflejo que se había prohibido desde la adolescencia por consejo de su madre: “Mijita, deje de llorar por estupideces. Si Ud. quiere triunfar en el cine, no puede malgastar el llanto. Se le acaban las lágrimas, se le acaba el pan”, le dijo una sola vez pero para toda la vida. Así, con la técnica de ahorro de lágrimas sus llantos se hicieron célebres: en cámara, nadie podía llorar como ella. Obnubilada en el alivio que encontró al volver a llorar después de casi cincuenta años de sequía lagrimal, no hizo falta esperar la llegada de la escolta vecina, porque entre sollozo y sollozo confesó en detalle los caminos que en su historia había transitado para cometer ese crimen.
A los atentos oficiales, que debieron primero buscar un paraguas y desagotar la comisaría después, les confesó que en su vida había amado a cuantos hombres había querido, pero que al final de cuentas, ninguno la había amado en realidad, salvo Martin Hops, un antiguo vecino de la infancia, a quien ella había rechazado todos los días desde hacía 50 años, a pesar de las misivas diarias que Martin le enviaba de puño y letra. Y se casó una, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete veces, cuando se frustró su octavo intento, esa misma mañana, cuando también cumplía 60 años, corrió a buscar a Hops creyendo encontrar en él la última oportunidad para el postergado amor. Se encontraron en la costa y salieron a navegar. Él la abrazó, la besó y le pidió que llorara, para ser testigo directo del espectáculo más lindo del mundo, el de la mujer más frágil y sensible, el fenómeno que había ocupado su pensamiento todas las noches de su soledad. “¿Llorar? No. Sólo lloro cuando trabajo, sólo lloro para las películas”, contestó restándole importancia al asunto. Y ahí comenzó la tragedia: Martin vio el motivo de sus fantasías reducido a sólo una tosca caricatura y le dijo que así, nunca habría de encontrar ni su amor ni el de ningún otro. No pudiendo soportar el rechazo convencido del único hombre que alguna vez la había deseado, y no sólo de noche, no se le ocurrió otra cosa que propiciarle un tiro certero en la nuca, cuando le dio la espalda para abandonarla por primera y única vez.
A pesar del sigilo con que la policía local manejó el caso, no había terminado la madrugada, cuando ya se agolpaban, a la salida del recinto, carnívoras cámaras de televisión peleando por registrar los restos de lo que de Josephine Adams, la más dulce y sensible de todas las actrices, había quedado.
María Florencia Aliaga
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