5 de septiembre de 2011

La pintura de la pintora

Y murió inesperadamente Don Juan Cupertino. Las mujeres que lo habían secundado lloraban en la calle. Los hombres con los que, casi en silencio, se habían acompañado todos estos años miraban tímidos y con el corazón paralizado desde la vereda de enfrente.

- “Ha sido la policía. Siempre es la policía”, decía la viuda todavía con su mascara facial de pepinos en el rostro, ruleros y pijama con motivos de frutas tropicales, convencida de que a su marido lo habían matado por equivocación en pleno desvarío sonámbulo del ahora finado.

- “El culpable es el gobierno, que deja rienda libre a la inflación. Mientras los precios andan por las nubes, el pueblo queda condenado al infierno”, decía una de las vecinas a la cual ya le había llegado el parte de que Cupertino había sido baleado por la policía cuando intentó, en el punto más oscuro de la noche, en desabillé y pantuflas, ingresar al museo de y robarse un cuadro, que apresurada había concluído que el salario que el muerto recibía de su trabajo como cajero, no le era suficiente para afrontar los gustos estrambóticos de su risible esposa y sus dos feas y desagradecidas hijas, y que se había visto obligado a hacer semejante locura por apreturas económicas.

A pesar de que la enlutada durmió esa noche sobre la almohada del finado, no pudo ni presentir las verdaderas razones de su defunción, cuyas evidencias latían en secreto desde los pliegues de la tela.

Después de 35 años de asistencia perfecta y puntualidad puntillosa, un día normal, sin sesgo alguno de singularidad, Don Juan no se presentó a trabajar. La había soñado la noche anterior por primera vez. La reconoció al instante: era la mujer de su vida filtrada en sus sueños. Desde donde podía apreciarla, como desde una ventana, miraba de frente y con posición preferencial su rostro y sus gestos. Podía oler el gusto a frutillas que se escapaba de su boca y se deleitaba exponiéndose a la brisa cándida y envolvente que regalaba a veces su nariz. Su espejismo fue tan real que cuando despertó creyó estar soñando; a su lado, una mujer flaca como la paja y con ojos de vizcacha lo miraba extrañado. Ese impulso arisco le provocó escozor, sobre todo al momento notificar que presenciaba su realidad.

Sin levantar sospechas, tomó rutinariamente su té de limón acompañado de dos tostadas, se peinó a la gomina los pocos cabellos que le reparaban a medias el cuero cabelludo del sol, cargó su maletín y salió de su hogar, pero esta vez no se dirigió al banco, si no a buscar la mujer que le había robado la tranquilidad, pero regalado un motivo para existir aún más luminoso que la eternidad.

Explicar a cada transeúnte que buscaba en vida a una muchacha que había soñado, le pareció de locos, por lo que decidió presentarse en la policía y denunciarla por un delito imaginario, para que cuando el dibujante graficara el identikit de la sospechosa a partir de su recuerdo, tuviera lo más parecido a una fotografía para encontrarla.

- Me han robado el portafolio esta mañana. Una mujer”, dijo Juan frente al cabo detrás del escritorio

- Pero señor, usted está cargando su portafolio”, contestó el policía dubitativo.

- “Eh…. La billetera que llevaba en el portafolio, digo. Perdón. Estoy muy nervioso”, remató Cupertino, cuyo testimonio fue más que creíble para el trabajador de la seguridad debido al temblor que mostraban las manos y el brillo de las pupilas del denunciante.

El retratista, un joven pintor trabajando a sueldo en las fuerzas que de noche lo reprimía por su actividad política, terminó su obra luego de una descripción hecha con precisión de Creador y al ritmo de latidos precipitados que sorprendió al artista por su perfección.

- Oiga, ¿a usted le robaron el monedero o el corazón?”, bromeó.

Sin escucharlo, absorto en el rostro de su amada, agarró la copia de la obra y procedía a retirarse para comenzar la búsqueda del tesoro, de su tesoro, cuando el dibujante, con la iluminación y la seguridad de un relámpago le dijo: - “Es bien parecidita a la mujer esa del cuadro de Monet, la pintora”, y Cupertino entendió en ese instante blanco e infinito, el sentido y sinsentido de los tiempos, el presente, el ayer y el mañana, a través de comprender que él era quien ella, la misteriosa pintora pintaba, y que él, desde el cuadro, la podía ver embelesado mientras que ella como un madre lo traía a la vida.

Su profesión no le había permitido desarrollar ni conocimiento ni gusto ni gusto por las artes, por lo que tuvo que transitar varios museos y consultar varias enciclopedias y especialistas hasta que llegó a averiguar el museo santuario que acogía la génesis de su existencia. Hasta que llegó a la exhibición correcta, y allí la vio, en un instante que de tan eterno se extinguía en un sin fin, y ella, luminosa desde el fondo de un pasillo, lo llamaba dulcemente en compañía de un coro celestial de musas de otros tiempos y espacios. La observó sin mesura ni juicio hasta que el guardia de la galería lo obligó a salir a fuerza de una patrulla policial, luego de que reiteradas veces el hiciera caso omiso a su invitación a retirarse.

Volvió al hogar a la hora de costumbre. Cenó su siempre repetida sopa de garbanzos con dos picas de sal y la mil veces digerida pechuga de pollo y se acostó a dormir. Lo que pasó después es lo que salió en los diarios y lo que los vecinos en la calle comentan. Lo que pasó antes nadie lo imagina.

María Florencia Aliaga

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