
Si es el matrimonio la constante aspiración de la mujer, el colmo de su dicha, la noble misión suya en la tierra, ¿porqué desatendéis mis ruegos San Antonio?
Calvo divino, hazme dulce para atraer y bonita para conquistar, encanto para volver loco a tanto caballero que me huye, esposa para contento de mamá y papá y completa felicidad mía, que yo pregonaré este milagro por los siglos de los siglos. Amén.
Anónimo
No había cumplido María Mercedes todavía sus 25, que se lucían en ella frescos y rozagantes, y Esilda, la anciana vecina que había atosigado durante toda la infancia a las cinco hermanas Soler, se les apersonó en el hogar con la seguridad y la urgencia de un médico rural que se sabe la visita más bienvenida del pueblo. Y allí, en un acto al cual las jóvenes restaron importancia, les dejó el santito de regalo. - “Para que María Mercedes consiga novio, ahora que se está poniendo grande”, dijo en su sonrisa de dientes falsos la mujer a la cual nadie le había conocido jamás varón. Ni padre ni novio, ni sobrino la vida le había concedido conocer, y lo más cerca que había estado de un hombre era en la infranqueable trinchera del confesionario, desde donde el Padre Nicasio le perdonaba semanalmente algunos de sus pecados y despertaba, sin saberlo, otros tantos, que Esilda jamás iría a confesar.
Con más tentación de risa que agradecimiento, ubicaron la estatuilla en el centro del living, donde las hermanas solteras recibían sus visitas y donde las casadas, las dos mayores, visitaban con sus maridos e hijos a su padres. Cuando a la semana siguiente, sin buscarlo, las cinco recibieron atractivas ofertas de trabajo que las harían dejar de lado sus quehaceres de ama de casa, en los que eran expertas, pensaron que el San Antonio que había aterrizado en el hogar o habíase modernizado en su concepción de amor conyugal y apostaba por la independencia económica femenina o sufría algún problema vocacional, porque en vez de facilitarles un novio, acrecentaba drásticamente las oportunidades laborales. Por unas semanas su efectividad se corrió por el vecindario y un poco más allá, y cuando llegó la fecha de
Cuando pasó la fiebre los peregrinos, las tres jóvenes solteras, y en edad y gracias de merecer, pudieron notar que dejaron de ser visitadas por sus no pocos amigos y admiradores. Del mismo modo, percibieron después que el cartero había dejado de visitar a la familia, ausencia que en un principio festejaron ya que, aunque no llegaban cartas de amor, tampoco recibían ningún impuesto, lo que permitió al matrimonio Soler hacerse de un dinerillo, decían, para casar con gala y pompa a las menores. Asimismo, dejó de asistir el lechero, el verdulero y el carnicero, pero adjudicaron inocentemente el tremendo exilio de servicios a la creciente demanda de los barrios del norte. Luego, la sorpresiva muerte de su padre, la viudez de la hermana mayor y la huida del esposo de la segunda con su profesor de piano, se vivieron internamente como tragedias de la vida misma, que ocurrían en la dinámica de aún las mejores familias, y aprovecharon el dolor y la vergüenza para transitar esos tiempos en unidad y acogimiento familiar, y volvieron las cinco a vivir con Sara, su viuda madre.
En el atardecer de un domingo, cuando la población de la casa se convocaba alrededor del estar, esperando el sonido de un timbre o un teléfono que nunca sonaba, Sara comenzó a sospechar una mueca de malévola satisfacción en el rostro de la imagencilla, y al intentar moverla de lugar, se dio con que el santito se había aferrado al mueble. Ni las fuerzas contenidas de las saludables jóvenes pudieron remover la voluntad invisible de la estatua. Probaron también con quemar la moldura, pero un viento sin rumbo ni origen sofocaba cualquier intento de incendio. Consuelo, la más joven de las cinco, hasta sacrificó sus tacos altos preferidos para intentar derrumbar la soberbia figura a taconazo limpio, empresa que no consiguió más que la ruina total de los coquetos zapatos. Y allí, en ese tire sin afloje, atribuyeron a la estatuilla del santo, con la fuerza de miles de muñecos vudú, el origen de todas sus recientes desgracias. “- ¡Sal Antonio, sal Antonio!”, gritaban a unísono. Esa tarde, no se las vio aparecer por
La vieja Esilda, desde el otro lado de la pared, escuchaba orgullosa lo que parecían histriónicas plegarias juveniles a su San Antonio, tan por ella venerado.
María Florencia Aliaga
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