
Carmela podía enumerar: 0 papás y 0 mamás. Una abuela que valía por mil (aunque sus ingresos mensuales no llegaban ni a esa cifra). Las 2 veces que había tomado un helado el verano pasado. Los 3 besos recibía de la abuela cada día: el del desayuno, cuando volvía a su casa antes de esconderse el sol y después de rezar pidiendo dulces sueños. Los 4 centímetros que había crecido en el último año. Sus 5 juguetes favoritos: la muñeca bebé “Julita”, cuya cabeza blanca y pelado se iluminaba de noche, un oso panda que recibía más cuidado y atención que los verdaderos ejemplares panda en extinción, una valijita de médico con la que creía tener el poder de curar a sus canes, una pelota de trapo que alguna vez fue rosa y un rompecabezas que armaba de memoria y con los ojos cerrados. Los 6 ruleros que su nona le hacía poner en su cabeza los sábados para ir a misa los domingos en la mañana. Las 7 cuadras que caminaba hacia la escuela. Los 8 perros que ella alimentaba con lo que encontraba, que la seguían por el barrio persiguiendo su inconfundible perfume a mate cocido y mandarina. Los 9 hermanos que le habría gustado tener. Las 10 docenas de alfajorcitos de maicena que salía a vender por las calles del centro, por orden de la abuela, por la tarde en verano y por la mañana en invierno, para evitar los peligros que acechan, sobre todo, en la oscuridad, y sus 11 años recién cumplidos.
Como todas las mañanas, cubierta del frío seco de ese junio con el tapadito rojo de lana que le había tejido su abuela hacía unos años, se paró en el semáforo de siempre a vender las diez docenas que le traían a las dos algo de pan y paz. Sus manos chiquitas, aún envueltas en unos guantes gordos, no aguantaban la temperatura glacial de esa mañana, entonces, llevó la canasta a su cabeza, la escondió debajo de la caperuza y guardó sus manitas en los bolsillos. Por el frío, los transeúntes habían evitado salir a la calle y los conductores que pasaban en auto, aún los que ya la conocían, no le habrían la ventana para que no se les escapara la calefacción.
Llegó al colegio con la docena sin vender y las cuentas sin pagar. Estaban a fin de mes, y entre lo que gastaban de supermercado, las garrafas para pasar el invierno y los remedios de la abuela, el último aumento jubilatorio les parecía un burla. “Nos sube la pensión ahora la Cris para que la votemos…. pero las cosas están tan caras que más que votarla, deberíamos botarla”, decía la nona riéndose sola, mientras Carmela la miraba extrañada, sin entender el chiste. Ya había dicho que no iría al viaje de egresados, había pedido permiso para fotocopiar los libros de ese semestre (a pesar de que le habían dicho que “eso no se hacía”) y no tenía problema en usar el uniforme viejo pero remendado de una de sus compañeritas, pero quería ir de visita al Museo y tenía que conseguir algo de plata para el día siguiente.
La profe de Educación Física había viajado y salieron un ratito antes, por lo que aprovechó para ir a vender el saldo de alfajores que ya había vuelto a ubicar en su cabeza. “La abuela no va a darse cuenta”, pensó. Estaba comenzando a oscurecer cuando desde un camión le ofrecieron comprar todo el sobrante. “Pero vení, afuera hace frío, te pago arriba del auto”, le dijo un hombre, gordo y colorado. A pesar de la tentadora oferta de liberarse de toda la venta de día, la abuela la había prevenido de hablar con extraños, consejo que se le refrescó cuando el hombre intentó aprisionarla del brazo. Bajó corriendo del vehículo y corrió hasta la esquina, donde un patrullero de policía vigilaba la zona. Asustada por el conductor, que seguía mirándola desde el móvil, zamarreó al Cabo Ramírez, que adormecido escuchaba la radio para rogarle por auxilio. El policía sonrió y la invitó a subir. Ella se desplomó en el asiento, creyendo estar a salvo.
“En la ciudad, a diferencia de los cuentos, es más difícil identificar al lobo del cazador”, dijo después a su abuela cuando llegó con la caperuza y el alma rota a su hogar, muchas horas después.
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