
Sube 126 escalones, 7 pisos. Forcejea con la primera y la segunda cerradura, abre la puerta y entra a su hogar. Respira profundo al enfrentar el monoambiente y, al expirar, cierra los ojos por un instante. Se descalza, y deja sus altos zapatos en un pequeño espacio libre al costado de su cama, frente a la cocina, lindando inmediatamente con la puerta de ingreso y con la ventana, la cual abre para aprovechar las últimas horas de luz. Prende la pava y el vapor invade el ambiente. Mientras espera el calor del agua, enciende un cigarillo, se sienta sobre su cama, mira la ventana e imagina a una joven pareja que se detiene en la confitería del frente. Él de boina negra, ella de capelina blanca, dos puntitos antagónicos que se distinguen entre el mar de gente que los viernes a la tarde sale a pasear. Él le agarra su mano, una y otra vez, mientras en cuerpo y alma se lo ve rendido al amor. Ella aletea sus largas pestañas en un vuelo frenético, dejando en cada cierre de párpados al novio sin respiro.
El silbido en la hornalla le acusa el punto justo de hervor y la despierta de la somnolencia, de la que vuelve con lágrimas en los ojos. Un hombre la observa desde la vereda contraria. Cierra la ventana, se hace un té, prende la computadora y se sienta a trabajar; a seguir trabajando.
144 escalones, 8vo piso. Un hombre se distrae mirando desde la ventana a una mujer que llora en su cama en compañía de un cigarillo. Una lágrima brilla desde la distancia. Capaz, el llanto lo hace verla más hermosa aún. ¿Llorará por amor? ¿Por cansancio? ¿Por abandono? ¿O de pura soledad? Le gusta, hasta cree que podría amarla. Sale al balcón con la mirada buscando los ojos de la mujer del edificio del frente, cuando ella rápidamente cierra la cortina y luego el vidrio. Se siente rechazado. Busca un cigarillo, lo prende y vuelve al balcón para seguirla imaginando con la ayuda del viento. La siente sola y adorable. La desea. Se imagina invitándola a la confitería de abajo, a donde tantos amigos y amantes se congregaban a compartir sus tardes. Si ella aceptara, él usaría la boina que se había regalado en la última navidad. Ella llevaría la capellina blanca con la que la había visto bajar al mercado una vez. La agarraría de sus manos, la abrazaría, la besaría….
El cigarillo quemándole los dedos lo hizo volver en sí. El frío había empezado a hacerse sentir y vuelve al interior del departamento. Cierra la ventana, se hace un té, prende la computadora y se sienta a trabajar; a seguir trabajando.
María Florencia Aliaga
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